SEGRE

Rialb, el último gran pantano: cumple 25 años a punto de llegar al 100% de su capacidad

Los alcaldes de Tiurana y La Baronia advierten que aún quedan obras de compensación que están pendientes de ejecutar

Rialb compleix un quart de segle a punt de reblir-se: està pràcticament al 100% de la seua capacitat. - MAGDALENA ALTISENT

Rialb compleix un quart de segle a punt de reblir-se: està pràcticament al 100% de la seua capacitat. - MAGDALENA ALTISENT

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La ministra Isabel Tocino (PP) inauguró el 14 de febrero del año 2000 la presa de Rialb, la última gran obra de ingeniería hidráulica de Catalunya. Veinticinco años después, algunos de sus objetivos, que son laminar las crecidas del Segre y asegurar el riego en unas 100.000 hectáreas de cultivos, están todavía por desplegarse.

Angel Villarte era aún menor de edad cuando, como otros adolescentes del antiguo municipio de Tiurana, arrancaba estacas usadas como hitos por los ingenieros y trataba de sabotear los trabajos de catas sobre el terreno que llevaron a cabo los primeros técnicos de la presa de Rialb. Eran los años 80 y las obras no comenzarían hasta 1993, pero el municipio llevaba décadas oyendo hablar del temido pantano. Las obras duraron siete años y el último gran embalse de Catalunya (el segundo de mayor tamaño, después de Canelles, a caballo entre Lleida y Huesca) se inauguró el 14 de febrero de 2000.

Veinticinco años después, Villarte, que ahora es alcalde de la nueva Tiurana (parte del municipio anegado se quiso recuperar junto a la ermita de Solés), opina que ya nadie cuestiona que el río Segre debía regularse, pero acusa al Estado de incumplir algunas de las promesas que entonces hizo a los afectados.

Rialb alcanza su primer cuarto de siglo al borde de la colmatación: ayer almacenaba 393,5 hectómetros cúbicos de agua, equivalentes al 97,5% de su capacidad. Bajo esas aguas se hallan aún restos de algunas de las viviendas que comenzaron a quedar anegadas en la primavera y verano de 1999. El coste social que comportó la inundación de 1.500 hectáreas fue considerable y difícil de medir, sostiene Francisco Hijós, entonces ingeniero de la presa y hoy director técnico de la Confederación Hidrográfica del Ebro (CHE), en un libro publicado en 2004 sobre Rialb. Hubo 97 familias afectadas de Tiurana y Bassella, 426 personas en total, aunque no todas fueron desalojadas. Se pagaron 48 millones de euros en indemnizaciones y expropiaciones a propietarios y se trasladaron y se reconstruyeron tres cementerios. Solo hubo un desalojo forzoso y fue en 2001, cuando las aguas comenzaban a tomar cota. “Un tercio de las personas desplazadas en la construcción de la presa de Rialb fueron mayores de 65 años”, para quienes las indemnizaciones fueron probablemente “una escasa compensación para su traumático desarraigo”, mantiene el ingeniero.

La riada de 1982 y las cada vez más frecuentes sequías fueron un revulsivo a favor de la obra, cuyo objetivo es tanto laminar las aguas del Segre en caso de crecida (difícilmente se registrarían hoy los daños de principios de los 80), como asegurar el abastecimiento a una población de 200.000 habitantes y garantizar el regadío a unas 100.000 hectáreas de cultivos del llano de Lleida. También debe ser una garantía para el caudal ambiental del río Segre aguas abajo.

La extrema sequía de 2022 y 2023, que dejó el embalse prácticamente seco y obligó a interrumpir la campaña de riegos, y la lentitud en el desarrollo de proyectos como el Segarra-Garrigues han llevado a algunos a cuestionar la efectividad de la infraestructura. Sin embargo, la riqueza que supone ahora contar con 450 hectómetros cúbicos de agua entre Oliana y Rialb, en términos de productividad, barre esos interrogantes.

La magnitud del pantano de Rialb se mide tanto por sus dimensiones como por sus efectos y estos, en buena parte, están aún por desplegar.

La oposición a la construcción de la presa (hubo manifestaciones, pancartas y 1.600 alegaciones al proyecto en exposición pública) se ha transformado 25 años después en una aceptación de sus beneficios en cuanto a progreso y seguridad ante las avenidas. Pero los alcaldes, sobre todo, de Tiurana y La Baronia de Rialb, mantienen que muchos compromisos aún no se han cumplido. Las obras compensatorias se cuentan por millones de euros pero “hablamos de entre dos y tres millones de euros” que quedan por invertir, señala Villarte. Coincide con Antoni Reig, alcalde de La Baronia, en que “no es de recibo que los más afectados por el pantano no podamos regar”. “Se reservaron 18 hectómetros para estos riegos y el último Plan Hidrológico se lo cargó”, recrimina Reig.

«Rialb permitirá regar mucho pero hay que saber el precio que se paga»

Joan Tuca. Vecino de Ponts

Joan Tuca. Vecino de Ponts

“Aunque salí de Tiurana con 12 años, me acuerdo más de mi vida allí que muchas de las situaciones que he vivido después hasta mis 42 años”, explica Joan. “La familia vivió situaciones muy duras, mi padre Josep Tuca, fue alcalde de Tiurana hasta 1983 y luchó todo lo que pudo para frenar la construcción del embalse, al igual que mi hermana Marta, pero de nada sirvió. Es doloroso pensar que hoy en día un pantano de estas características y capacidad no sería una realidad, ni se permitiría”, asegura. Y añade: “Quedan muchas preguntas ¿Por qué se construyó en una cota que requiere el bombeo del agua para que llegue al Segarra-Garrigues? Su construcción comportó un gran impacto ambiental y humano que aún perdura. Se ha explicado que gracias a Rialb se podrían regar muchas hectáreas de Lleida. Pero la gente tiene que saber el precio que se paga por ello”.

«Enseguida quisimos tener casa en Solés para retener los orígenes»

Carme Riu Blanch. Cal Sastre. Tiurana

Carme Riu Blanch. Cal Sastre. Tiurana

“Perdimos lo que durante años la familia había construido, toda una vida y en esos momentos lo viví con mucho dolor. Nunca olvidaré la sensación de tristeza mía y de la familia”. Carme Riu asegura que la creación de la nueva Tiurana en la ermita de Solés le ayudó a levantar cabeza tras el pantano. “Enseguida quisimos hacer una casa nueva para permanecer de alguna manera en el pueblo y retener parte de los orígenes”. “En Tiurana regentábamos el bar, la tienda y mi marido hacía de cartero. Era una vida feliz. Esto también desapareció”. Vivía en Tiurana con su madre, su esposo, Antonio Llorenç, y dos hijos, y todos comenzaron de cero en Ponts. “Ahora pasamos muchas temporadas en Solés. En 2022, la sequía les permitió explorar la zona donde estaban las casas y buscó la suya. “La encontré y también un trozo de tela de una blusa mía”. Su nieta la guardó y se la regaló enmarcada.

«Ha sido duro seguir aquí y ver cómo iban cayendo las casas abandonadas»

Josep Maria Pascuet. Vecino de la Clua (Bassella)

Josep Maria Pascuet. Vecino de la Clua (Bassella)

Josep Maria Pascuet conserva su casa familiar en La Clua. Él y su hermano son dos de las tres únicas familias que viven de una forma más o menos continua en este pueblo, que no quedó inundado y en el que antes había unos 45 vecinos. “La CHE expropió las tierras y nos dio la opción de hacer lo mismo con nuestra casa pero no aceptamos y nunca la abandonamos”; “mi DNI siempre ha sido de La Clua”, defiende. Allí “estoy los 365 días del año”, aunque a dormir solo se queda entre mayo y septiembre. El resto lo pasa en Ponts. El resto de casas quedaron vacías tras aceptar los vecinos la expropiación. “Ha sido muy duro ver cómo iban cayendo por falta de mantenimiento”. La Clua ha sido objeto de una actuación reciente de la CHE, que ha derruido las casas y los cobertizos en peor estado y en su lugar se han construido algunos miradores: “Había llegado a ser peligroso”.

"Ahora que no duele tanto, a veces voy y encuentro azulejos"

Gerard Mollet. Exvecino de Castellnou de Bassella

Gerard Mollet. Exvecino de Castellnou de Bassella

Gerard vivió hasta los 25 años en el hogar familiar de Castellnou antes de ser desalojado. Dejaron el pueblo, con otros 25 vecinos, hace 28 años. “Abandonamos nuestra casa medio año antes de la orden de ejecución”, explica. “A mi abuela la mataron en vida; con 80 años era muy activa, nos fuimos a Ponts y duró solo cuatro años”. “Nos quedamos sin tierras, sin trabajo y sin casa y rehicimos nuestras vidas en Ponts”, explica Mollet, que tuvo una empresa de instalaciones durante 20 años pero la vendió “para volver a mi tierra”. Ahora ha arrendado fincas en las que cultiva cereales y trabaja para terceros. Cuando baja el nivel del pantano, en ocasiones visita la zona: “Ya no me duele tanto. Voy y a veces encontramos azulejos de nuestra casa”.

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