El amor en fuga
El realizador portugués Miguel Gomes tiene la capacidad de sorprender, de fascinar con fragmentos tan hipnotizantes que te atrapa en un estado donde el tiempo no existe, donde el pasado y el presente se funden en sugestivas imágenes, como retazos de aventuras que parecen extraídas de una imaginación desbordante y que te seducen y te llevan a historias que convierte en reales más allá de la ficción. Gomes ya sorprendió con Tabú en 2012 con un universo viajero y original, con esa forma de hacer cine diferente, personal, entre lo onírico y lo melancólico, algo que también se respira en Grand Tour, una historia de amor sin límite, romántica, con una voz en off, que sorprende por su poética, por sus poderosas frases en torno a una escapada hacia ninguna parte, sobre esa sensación de huir de un destino preconcebido e ir hacia todas partes para no encontrar un lugar en ninguna de ellas.
Las imágenes de Grand Tour alternan el pasado con el presente en metrópolis asiáticas, entre el silencio y el ruido, donde un vals puede mostrar la realidad de un lugar bullicioso, en un blanco y negro en el que el color aflora en escenas de marionetas orientales que cuentan historias mitológicas de dioses y hombres. Gomes sabe captar atmósferas y, entre un estilo casi documental, incrusta una crónica de amor desmedido, obsesivo, una búsqueda incesante en el sudeste asiático donde dos personajes se enlazan en la distancia. Ciudades míticas como Rangún, Tokio, Bangkok, Hong Kong, Saigón, Singapur..., y la frondosa selva que omnipresente se adivina como un equilibrio emocional en el argumento que transcurre a principios del siglo XX. Un argumento que son dos, unidos por un vínculo apasionado. El de Edward, funcionario británico en Birmania que huye al conocer que su prometida está viajando para concretar la boda, y el de Molly, que irá enconadamente tras su prometido. Él teme el compromiso, ella ignora la falta de determinación de un hombre confuso.
Tras una belleza indiscutible en la forma de mostrar un exotismo que todo lo absorbe, en el retrato de sus personajes en un mundo que seduce por sus sonidos y costumbres, por esa muestra de contrastes, por una insólita forma de filmar que se pasea en tiempos distintos, Grand Tour merece recrearnos y fantasear en sus imágenes, en su complejidad narrativa que cautiva incluso en los momentos en que la nostalgia se adueña de esa sensación de perderse en un mundo que van recorriendo sabiendo que no es el suyo, que dejará la sensación de un amor que la distancia aleja sin remisión, aunque afectivamente se quiera unir.