Charme extraordinario
Debo reconocer sobre el cantautor Ramon Mirabet que, desde que empecé a interesarme por su carrera, cada nueva ocasión en que acudo a su encuentro aumenta mi estimación por su figura artística y creciente nivel compositivo. Por no hablar de su dominio escénico que poco o nada tiene que ver con el de unos pocos años atrás, cuando parecía emerger de sí una aparente bisoñez de formas y timidez bastante acusada. Lo cierto es que este compositor, músico y cantante de Sant Feliu de Llobegat, tocado de una clarividencia maravillosa, se pasó largas temporadas en Francia, exprimiéndose como apañado músico callejero, al que no le fueron mal del todo las cosas puesto que un cazatalentos de la TV francesa se lo llevó a un concurso para artistas emergentes, tipo La Voz, en el que triunfó y se hizo archiconocido al otro lado de los Pirineos, hasta el punto de llegar a actuar, poca broma, en el mítico Olympia de París. Aquí en su país, las cosas no le han ido mal tampoco, aunque su entronque en el negocio ha sido algo más lento, tocándole picar bastante piedra hasta alcanzar, recién sobrepasados los cuarenta, su magnífico estatus actual. Unos cuarenta que a primera vista parecen menos, porque, eso sí, otro de sus envidiables valores es su apariencia de veinteañero que ha hecho un pacto con el diablo para mantenerse así de lozano con un aspecto, cual Peter Pan musical, que muchos querrían para sí. Esto debe ser lo que el entregado público femenino que copa sus conciertos –diez a uno, frente a lo masculino, es la proporción que calculé en su última visita al Cafè– debe ver en él, porque las caras de felicidad, por no decir, también, de deseo que se podían apreciar, podían sorprender a más de uno. Y el bueno de Ramon que, –estoy seguro– se sabe poseedor privilegiado de un charme embriagador extraordinario y gran carisma, se dedica en cada uno de sus shows a explotar esas habilidades innatas para apoyar y proyectar sus, también, muchas e indudables calidades melódicas. Con la sala a tope, repito, la mayoría mujeres de todas las edades desde los 14 años hasta los 60 y muchos, que gozaron a rabiar y se emocionaron con un repertorio folk-pop de variado colorido idiomático, sus cada vez mejores y más maduras composiciones se han convertido en auténtico corpus vital y emocional para mucha gente de diferentes generaciones que aman la música. Cómo no, en los momentos escogidos por el barcelonés, junto a su potente banda de apoyo instrumental y en coros, sonaron para elevar la temperatura del recital y alcanzar el siempre deseado clímax ambiental esa popular Those Little Things cervecera, que lo encumbró en 2016 y varios covers de esos con los que le gusta salpicar sus repertorios en vivo, entre los que voy a destacar, en esta ocasión, su estupenda versión del This Boots Are Made For Walking, de la mítica Nancy Sinatra, que las volvió a todas literalmente locas. ¡Un verdadero fenómeno, vaya!